13/10/10

Buscando soluciones donde no las hay


Este artículo está dirigido a todos aquellos que, como yo (¿cómo todos?), solemos intentar dar solución a un problema en un ámbito diferente al cual pertenece ese problema que queremos solucionar.
Es habitual encontrarse con formas absurdas, que hemos ido desarrollando o simplemente heredado, que intentan vanamente solucionar problemas de la forma equivocada. Esta es la forma de buscar donde no hay solución. Seguramente podrán recordar el cuento en el que una persona buscaba sus llaves bajo el haz de luz que irradiaba una lámpara, cuando se acerca otra persona a ayudarle en su búsqueda y le pregunta si las había perdido ahí, a lo que ésta le responde que no, pero no tenía sentido buscarlas en otra parte, ya que en la oscuridad no iba a poder verlas. Es una respuesta absurda, todos podemos notar eso, sin embargo, no podemos notarlo cuando nosotros mismos lo estamos haciendo (hasta incluso con unas inocuas llaves).

No se imaginan cuántas veces quise (y me pongo como ejemplo para evitar plantear situaciones hipotéticas o teóricas, sino claras, concretas y experimentadas personalmente) solucionar mis problemas emocionales desde mi cabeza: pensando más y más. O leyendo libros de todo tipo, sofisticados libros de filosofía y psicología, los más abstractos y sutiles libros de pensamientos orientales, o la gran variedad de libros de autoayuda que hay!. También intenté dar solución a mis problemas emocionales con otras actividades, que como regla general, tenían que entretener al director de la orquesta de mi organismo. Con estos ejemplos no quiero limitarme únicamente a problemas emocionales o problemas particulares míos. ¿A cuántos de ustedes no les ha pasado buscar en una relación algo que sólo podían encontrarlo al cambiar ustedes mismos?. ¿Cuántas veces proyectamos (vemos) en los demás algo que nos sucede a nosotros mismos?. ¿Quién no ha somatizado gran parte de sus problemas en tontas enfermedades nerviosas?. Yo digo que es tan difícil aceptar la realidad o la verdad (nuestra), que buscamos cualquier treta que nos saque de la situación incómoda y dolorosa.

Cada uno puede interpretar ésto desde el lugar que quiera, pero debe aceptar que las situaciones muchas veces nos superan y no encontramos la solución que tanto necesitamos. Sin embargo acá no se termina todo, no sólo es esto. En mi experiencia personal, me parece haber aprendido que (todo esto que digo) es sólo una parte del proceso. Tan necesaria como cualquier otra. ¿Qué estoy queriendo decir?. Que en el camino del crecimiento y del aprendizaje, muchas veces nos topamos con "imposibles", pero que pertenecen sólo a esa parte del proceso. En ese contexto tienen sentido, y no sólo eso, sino que se convierten en necesarios. Es decir que, no tenemos que “dejar de hacer” nada si no estamos preparados para dejar de hacerlo, no tendría sentido dejar de hacerlo. De hecho, estoy convencido que no podríamos: la vida misma no nos lo “permitiría”. Con suerte nos engañaríamos a nosotros mismos, pero nuestro inconsciente (¿nuestro karma, nuestro destino, nuestro dios, la vida misma, la naturaleza?) tiene un poder mayor (o un plan distinto).

Me refiero a que es muy difícil dejar de hacer siempre lo mismo. Y acá no me refiero a cosas superficiales como tomar la misma bebida, tener siempre el mismo corte de pelo, el mismo estilo de ropa, el mismo tipo de trabajo, la misma casa o la misma inclinación política y filosófica. Acá me refiero a algo más sutil y menos perceptible, casi intangible, pero que sin embargo nos determina enormemente. Aunque lo parezca, no se trata sólo de una nueva interpretación de los hechos. Reflexionen por un momento, piensen en esto: si no somos los mismos, no vivimos lo mismo, no damos lo mismo y no recibimos lo mismo. O sea, cambiamos nosotros y también cambia nuestro entorno, y viceversa, cambia nuestro entorno y también cambiamos nosotros. Es cierto también que no siempre podemos (ni queremos) dejar de ser los mismos. No sé cuánto se pueda entender de todo esto, no es algo fácil de captar con una simple leída a un artículo.
Déjenme explicarlo mejor: de lo que estoy hablando es de que muchas veces nos exceden las circunstancias, trascienden nuestra capacidad y nos obligan a vivir necesariamente ciertas relaciones, a tener ciertos sentimientos y emociones, a estar frecuentemente en las mismas situaciones (insatisfactorias). ¿Será que la vida nos incita a (¿exige?) crecer y a aprender?. Todavía no sé lo que es, y no sé si algún día lo podré saber “a ciencia cierta”, pero lo que veo por doquier es esto que describo: coincidencias, repeticiones, reincidencias, perpetuaciones, etc. Y algo más a tener en cuenta mis amigos: todo eso tiene que ver con nosotros. No miremos afuera, no culpemos al vecino, no nos desliguemos de lo que nos pertenece. Seamos responsables!.

Intento que quede claro todo esto. Sé que es muy fuerte lo que estoy diciendo, porque para poder dejar atrás todo eso, para cambiar realmente, antes, es necesario tener estas reincidencias, hay que bancarse ese estadío, y mucho más: hay que bancarse trascenderlo. ¿Quién se anima de buenas a primeras a transitar un camino tan tormentoso sin un buen motivo?. Perdón si soy insistente con ésto: nadie se salva del dolor. Nada se supera sin el sudor de la frente. El camino que debemos transitar es el dolor: el maldito, el odioso, el terrible, el inmenso. El que todos queremos evitar. No se vayan por otro camino, que el dolor del que les hablo no es el que nos vuelve a lo mismo, no es el que nos deja como estábamos antes de sentirlo. Les aseguro que no es necesario prestar especial atención para no confundirlo, en el momento en que sientan verdadero dolor, lo reconocerán de inmediato.
Me refiero a aquel dolor que se vuelve gratificante (y no lo confundan con el masoquismo por favor!). Es el dolor que de pronto nos sorprende, porque luego de sentirlo nos sentimos más livianos, como si nos hubiésemos liberado de una gran carga que llevábamos siempre con nosotros. Nos sentimos diferentes, pero desconcertados y sin entender mucho. Me refiero al verdadero dolor. ¿Lo han sentido alguna vez?.

¿Han notado la soltura y sencillez a la que los lleva un sentimiento tan hondo, tan profundo?. Si dejamos de sentir un sufrimiento externo, encadenante, un sufrimiento que no nos lleva a ninguna parte y pasamos a “sentir lo que sentimos”, al dolor que realmente nos libera, entonces es que estamos avanzando, estamos cambiando. Algo dentro de nosotros está cambiando. No importa qué. No importa cómo. No importa por qué. Importa que lo estamos sintiendo, nos animamos a sentirlo!. Importa que estamos yendo por el camino liberador. Estamos dejando atrás lo absurdo, lo redundante, lo recurrente y lo incomprensible. Estamos abriéndonos al dolor. Y éste a su vez, nos abre paso a que podamos lograr el cambio que necesitamos. Olvidémonos de tratar de entender con nuestra cabeza insaciable de conocimiento, y vayamos a lo importante: al cambio.
Probablemente me tildarán de insistente y cansador, pero no puedo dejar de decir lo importante que es agotarnos. Antes de poder dar este paso, tenemos que cansarnos, tenemos que cargarnos hasta el cuello y más arriba del “siempre igual”. Necesitamos llenarnos de coraje de alguna forma, y necesitamos desear más el cambio que el miedo.

Claro que podemos adaptarnos bastante bien en cualquier momento de nuestra vida (proceso). En cualquier punto de la evolución personal, del crecimiento interno o simplemente del proceso madurativo, podríamos detenernos si así lo quisiéramos. Sólo depende de nosotros, de lo que queramos y de lo que estemos dispuestos a dar y a recibir. Es tan fácil vivir una vida neurótica, obsesiva, trastornada, angustiante, depresiva, triste, chata o renegada. Todos podríamos hacer esto. De hecho es lo que hacemos la gran mayoría. Y cuando digo la gran mayoría me refiero a LA GRAN MAYORÍA… ¿fui claro?. Pero sepan que también tenemos otra opción. Podemos ir dando pasos. Podemos ir soltando un poco, aflojando, dejando que este dolor libere nuestra neurosis, nuestras obsesiones, nuestros trastornos, nuestras angustias profundas, nuestras depresiones sin fin, nuestras tristezas sin sentido, nuestras chatezas y negaciones incomprensibles. Bueno… tengo que ser muy sincero en este punto: esto ya no lo podrían hacer todos. ¿Por qué?. Porque no todos están dispuestos a sentir tanto dolor ni tan profundo. Espero cansarlos de hablarles del dolor, porque sólo así van a dejar de leer esto y van a salir a la vida a sentirlo, a vivirlo y a trascenderlo. Tienen que saber que no todos tuvieron la fortuna de haber recibido las herramientas para poder buscar más, no todos han podido adquirir la fortaleza, el sostén y la valentía que se necesita para querer más, para animarse a más (y no es una publicidad de Pepsi). Si están acá leyendo esto, es porque algo los atrapó, algo llamó su atención. Además, no todos quieren hacer el proceso, y ¿saben qué? están en todo su derecho!!!. Porque además, no todos saben lo que les espera luego de trascender esta barrera. Y esto no es una promesa religiosa.

Para cerrar con el artículo y no extenderlo más, permítanme contarles ahora cómo fue para mí este proceso, en el que todavía estoy, pero del cual les puedo contar lo que viví (que no es poco en absoluto). Prometo volver a esto en un próximo artículo.

Para mí, fue muy difícil dar el paso. Sin embargo, lo fui dando sin darme cuenta, y esto es extraño, porque fue muy doloroso. Ahora que hago memoria y pienso en el inicio del proceso me doy cuenta que fue hace mucho tiempo. Comencé buscando donde no había solución, pero la vida me fue guiando, algo dentro mío no se cansó de buscar nunca.
Es cierto que encontré algunas personas que me dieron mucho, pero igualmente quiero contarles que en todo este tiempo pasé por muchas etapas diferentes, y necesariamente tuve que vivir muchos opuestos. Entre esas etapas recuerdo fuertemente que me angustié muchísimo, más allá de donde creí que estaba mi límite. Llegué al centro de la desesperación, al punto de casi desvanecerme. Permanecí dormido durante meses, y también, llegué a obsesionarme con varias cuestiones. La verdad es que cometí muchísimos errores y también lastimé a varias personas. Me anestesié con lecturas de todo tipo. Busqué desesperadamente una salida a mi falta de sentido que cada día ganaba más campo en mi vida. El vacío que sentía era total. Y aunque sea paradójico, busqué una salida en forma apasionada a mi falta de sentido. Mi desgano era aterrador, sin embargo nunca dejé de buscar. Sentía apatía y abulia. Desinterés completo. Pero no cesaba mi búsqueda. Recuerdo que peleaba con todas las personas que conocía, con todas las personas con las que interactuaba. Estuve en contra del mundo y de la sociedad. Pasé por el catolicismo más fuerte al ateísmo más aterrador. Hice deportes y dejé de hacerlos por completo. Comencé 3 carreras universitarias de orientaciones completamente distintas, y las abandoné también a todas. Me lancé de lleno a cursos de coaching y PNL. Me “cambié de bando” dejando atrás el occidentalismo y me metí en la onda oriental: medité, hice yoga, vestí como ellos, intenté relajarme, hice un curso de masajes japoneses y también encendí sahumerios. Viajé, busqué nuevos rumbos y nuevas experiencias. Me afeité la barba y la cabeza. Me dejé la barba y el pelo largo. Viví sólo, en una residencia con gente desconocida. Viví con mi papá, en la casa de mi novia, con mi tía, conviví con mi pareja y volví a vivir sólo. Podría decir que probé y viví muchísimas cosas. Si hay algo que nunca dejé de hacer fue buscar incansablemente algo que me ayudara, metiéndome de lleno en cada cosa nueva que descubría, me empapaba de la novedad. Nada me detuvo. En el camino me encontré con muchos tesoros ficticios: algunos me sirvieron para pasar el momento, otros me movieron mucho internamente, pero ninguno me daba la tranquilidad que buscaba, el sentido que había perdido (que nunca había tenído). Ninguno me daba la seguridad que ofrece el confiar plenamente.

Hacia el final de todo este proceso (final provisorio y temporal) llegué al nodo central: mis orígenes. A veces me sorprende saber que tuve que hacer tantas cosas para volver al lugar donde comencé mi vida: mi familia.

Los dejo por el momento con este final aparentemente abierto, pero nos volveremos a encontrar en mi próximo artículo. Hasta pronto!

28/9/10

Las formas de relacionarse aprendidas


De lo que hoy quiero hablar (lo que voy a postear) tiene que ver con las formas de relacionarse aprendidas, adquiridas, las que son naturales.

Voy a redactarlo, siempre que pueda, en primera persona, siendo el protagonista de este relato, porque voy a hablar de lo que yo viví (y todavía lo estoy viviendo). Claro que la forma particular que yo viví no es la misma que otros hayan vivido, pero puede que muchos se sientan identificados en algunos aspectos. Me parece importante escribirlo en primera persona para evitar generalizar y, además, para ponerme como protagonista (responsable) de esto, y no como un mero observador, o descriptor.

Ahora sí, quiero hablar de esas formas que respiré sin saberlo. Eso que entra dentro de “lo normal”, lo habitual, lo de todos los días. Eso que uno no puede advertir, porque es parte de uno mismo. Sólo después de un largo trabajo personal estoy comenzando a saber qué fue lo que respiré, qué fue lo que viví, qué sentido tuvo para mí y cuáles fueron las consecuencias en mí. Piensen en el aire: ¿alguien lo ve?, ¿alguien lo puede ver?. ¿Cuándo nos enteramos que existía y que, además, ocupaba espacio!!!?. Sin embargo, todos los días pasa desapercibido hacia nuestros pulmones y luego, parte de él, usando como transporte nuestra sangre, recorre todo nuestro cuerpo. Para que puedan visualizar mejor esto que intento explicar piensen en el conocimiento que se tiene de la rana. Dicen que si uno mete una rana en una olla con agua caliente, la rana automáticamente salta fuera de la olla. En cambio, si se mete a la rana dentro de una olla con agua a temperatura ambiente y luego se la pone a calentar lentamente, la rana no se da cuenta, y termina por morir hervida dentro de la olla. ¿Queda claro?. Está demás decirlo, pero, como dicen Les Luthiers, y para agregar un poco de humor, nunca está demás repetirlo, nunca está de más repetirlo, nunca está demás repetirlo… bien sabrán que no siempre las formas que mamamos, respiramos y transpiramos nos hacen terminar hervidos como la rana. Algunas veces, estas formas, son bastante sanas. Caso contrario, llegamos a quemarnos un poquito pero alcanzamos a saltar a tiempo.

Muchas de estas formas que quiero hablar son dolorosas, lastimosas. Son formas que llevan inevitablemente a lo que yo llamo el sufrimiento absurdo, al sufrimiento que se vive al intentar no sentir dolor, al intentar evitarlo. No son formas que llevan al verdadero dolor, no son formas que lo enfrentan a uno con lo real, con lo que genera el dolor real. Son formas para evadir, para evitar, para esconderse. Para intentar manipular: a los demás, a la realidad y a uno mismo. Volviendo a mi, esas formas que aprendí, me llevaron a querer manipular a la vida misma, a querer cambiar lo que no se puede cambiar, a querer evitar lo que no se puede evitar. Y eso lo logré mintiéndome a mí mismo y a los demás. Eso lo hice inventándome historias. Eso lo hice buscando dar una vuelta a algo que no tenía vuelta, y en ese intento de dar la vuelta, terminé haciendo un doble esfuerzo, que además me ocultaba la realidad. Ustedes se preguntarán ¿quién va a ser tan tonto de mentirse a uno mismo?. Les puedo decir que el miedo que se percibe es tan grande y desesperante, que hasta el más valiente recurre a estos mecanismos. Claro que no comemos vidrio porque sí: yo no tenía plena y absoluta conciencia de lo que hacía, no era un “pensamiento pensado conscientemente”, era más bien, como dije antes, una forma adquirida, heredada, aprendida, imitada. Y por eso la importancia de lo que intento transmitir... vayan de a poco, que esto recién empieza!.

La cuestión fue que creí fuertemente en eso, intentando huir del sufrimiento. Luego lo hice realidad: materialicé un impulso aprendido. Y después tuve que inventar, además, otra cosa que me dijera que estaba haciendo lo mejor.

¿Qué rebuscado parece todo esto, no?. No parece: lo es!. Pero ahora intento pensarlo de otra forma y trato de visualizar este mecanismo de una forma más clara. Diría que hay tres instancias: la realidad, nuestro invento y lo que sentimos. Nuestro invento tiene que triunfar necesariamente (recuerden que es para evitar el dolor), entonces lo que pasa allá afuera, en la realidad, lo deformamos para que encaje a nuestro invento. Nuestro invento falla, porque hay cosas que son inevitables, pero igual queremos evitarlas. Cuando nuestro invento falla, debemos hacer el segundo esfuerzo de acomodar el fallo a una nueva situación inventada. Es decir, lo que sentimos, el impacto que tuvo en nosotros la respuesta del afuera a nuestro invento, debemos también enmascararla. Si este circuito se hace permanente, terminamos por vivir distanciados de la realidad, intentando evitar lo inevitable, y además creyendo que lo que sentimos y vivimos es lo que realmente está pasando. Se perpetúa, de esta forma, una forma poco sana de vivir.

¿Qué ocurre después? Si queremos desarticular todo este mecanismo (si tenemos los huevos para hacerlo) tenemos un doble dolor: el sentimiento verosímil que produce la realidad (el dolor real, aquel que quisimos evitar inicialmente con nuestro invento), y también el sentimiento de dolor que produce darnos cuenta que nuestro invento falló (nosotros fallamos) y que lo que vivimos no fue lo que realmente sucedió (nos mentimos, nos traicionamos a nosotros mismos). Y todo eso con la excusa de querer evitar la realidad, es decir el dolor real. En pocas palabras, queriendo evitar sufrir, terminamos sufriendo más.

Como este proceso de desarticulación es doblemente doloroso, muchos prefieren seguir, semi-conscientes, viviendo en el mundo inventado. Muchos prefieren vivir el sufrimiento que genera la situación ilusoria antes que el verdadero dolor. No se imaginan cuánto los entiendo!! Pero no los estimulo a seguir por ese camino. Si así lo deciden sólo postergan ese sentimiento y terminan por dejarlo bajo tierra. Se ponen capas y capas de aislantes, que nunca son completamente aislantes y siempre algo de dolor se filtra hacia la superficie, y nosotros lo transformamos, desvirtuamos, modificamos y tergiversamos, para terminar viviendo un sufrimiento sin explicación. Aquí comienzan (o se perpetúan) los sentimientos a los que no logramos darle sentido: aflicción, depresión, desgano, tristeza, etc., por sólo nombrar algo leve. Muchos logran “llevar” su vida por medio de actividades y relaciones que distraen el foco, es decir, ponen más y más capas de enmascaramiento. Prefieren vivir anestesiados en este hermoso parque de diversiones fabricado a medida.

Este proceso de desentramado y luego reconstrucción, desarmado y armado de la realidad, puede llevar mucho tiempo, que no sólo puede ser, sino que podrán incluso, hacia el final del camino, averiguar lo inevitablemente doloroso que es. Igualmente quiero marcar aquí que para mí, dolor y sufrimiento son cosas distintas. Habrán podido notar que uso esas dos palabras para significar cosas distintas. Retomando: a pesar del profundo dolor vivido, puedo asegurar desde mis entrañas, que tiene una ganancia invaluable. Sólo aquél que decida empaparse de compromiso y emprender este camino hasta el final, podrá entender esta ganancia, sólo al adquirirla podrá conocerla y valuarla en invaluable.

Está claro que es muy difícil, mientras se transita este camino, determinar si se está haciendo El camino, o si se está poniendo otra capa de recubrimiento, otro proceso de “chapa y pintura” para que todo parezca que cambiamos, que realmente lo hicimos, aunque no hayamos hecho nada más que perpetuar el proceso del sufrimiento inútil y sin sentido. Es decir, que es muy fácil perderse en el camino, manteniendo la siguiente constante: “cambiar para que nada cambie”. Pero no importa esto, en verdad no tiene importancia, porque el único que “gana” o “pierde” aquí es el que se dice la verdad o el que se miente.

También puedo asegurar que es muy difícil hacerlo solo a este camino, y hay varias razones por las cuales me animo a decir, si me lo permiten, que es imposible. Si uno vivió toda la vida de una forma, y ha ido intentando una y otra vez, dar solución a algo que no entiende, pero que sin embargo lo frena en su vida, lo detiene sin razón, raramente quiera seguir intentándolo, y mucho menos por el lado más doloroso. Hará lo posible, y con más fuerza todavía, para mantener esta tendencia de evitar el sufrimiento (y con gran razón lo hará). Yo intenté cambiar muchas veces, creyéndome que estaba cambiando, y hasta el cansancio y el sinsentido, sin embargo, nada cambiaba. Les puedo contar que la frustración es inmensa. Lo único que acumulaba era más sufrimiento vivido, sin siquiera haber tocado ni un ápice de lo que debía tocar. A medida que seguía por ese camino “del cambio” sólo acumulaba marcas, algo que en primera instancia no sirvió para nada, porque seguí repitiendo los mismos actos, seguí relacionándome con los mismos tipos de personas, seguí manteniendo los mismos patrones que me llevaban al sufrimiento absurdo. Aquí tenía razón de seguir por el camino de la evitación, pero tuve que aprender que la razón del pensador, por muy aguda que sea, no tiene solución para este problema.

Por eso afirmo que se necesita un sostén del cual uno pueda agarrarse en medio del camino, en medio de la escalada. Se necesita un punto de referencia en medio de la tormenta que no deja ver nada, se necesita un punto de apoyo para que no todo quede en forma relativa a todo. Recuerden a Arquímedes en su bañera: “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Alguien, desde afuera de nuestros inventos y nuestras ilusiones, tiene que ser capaz de discernir y de discriminar lo que pertenece y lo que no, lo que es y lo que no es. Se necesita tener extrema confianza en alguien que permanezca estable y respetuoso con nosotros, que no cambie, que no deje de ser de acuerdo a lo que ocurra en nuestra interpretación de los hechos. Se necesita un modelo distinto a todo lo conocido. ¿Cómo vamos a reconstruir una nueva forma de vivir y de relacionarnos si nunca pudimos ver, vivir y sentir de otra forma que la que heredamos, respiramos y conocimos?. ¿A partir de qué?. ¿Cómo hacemos para salirnos afuera de nosotros mismos y mirar “con otros ojos” lo que (nos) sucede?. ¿Quién es capaz de verse a uno mismo sin un espejo, sin algo que nos refleje lo que somos?. Es imposible ser espectador y actor de un mismo escenario. No se puede ser director y ejecutor de una obra. No es posible tener dos perspectivas de una misma cosa. Se es uno o se es otro. No se puede ser las dos cosas al mismo tiempo. Recuerden las típicas imágenes que tienen dos figuras diferentes superpuestas. La clásica donde aparece una niña y una vieja con una nariz gigante, ¿la recuerdan?. Bueno, hagan un ejercicio: intenten ver las dos figuras al mismo tiempo. Podrán notar, después de varios intentos, la imposibilidad de ver ambas al mismo tiempo: o se ve a la niña, o se ve a la vieja, pueden cambiar de “foco” tan rápido como quieran, pero no podrán ver ambas al mismo tiempo. Bueno, a eso me refiero!.

Vuelvo sobre una palabra bastante fuerte que mencioné antes: imposible. Todo me lleva a pensar en la imposibilidad. Sigan esta línea de pensamiento: ¿cómo hacemos para romper o atravesar el límite que no percibimos?. No se puede pensar en algo que uno no puede pensar. Uno no puede querer ser algo que es incapaz de imaginar. Por otro lado, uno no tiene todas las herramientas para lograr ser ese que quiere ser. No conoce la forma, el procedimiento, el camino, el proceso, el recorrido para llegar a ese que desea ser. Es decir, uno no puede hacer lo que uno quiera de uno, porque para eso necesita conocer algo diferente a lo que uno conoce, algo diferente a lo que uno es. Es una hermosa paradoja: uno necesita ser distinto al que es, para lograr ser diferente al que es. Sepan que esto no se logra simplemente observando a otro, observando algo diferente. Porque en ese otro tengo que ser capaz de ver algo que no conozco, tengo que ver algo que no sé como mirar, tengo que interpretar algo que no tengo los conocimientos para poder interpretar. Y como muy bien sabrán: en la vida, no todo se aprende leyendo un manual. No existe un manual que nos diga como vivir, cómo ser hijos, cómo ser padres, cómo ser esposos, cómo ser amigo, novio, hermano, jefe o camarero. Y no existe, no sólo porque hay infinitas formas de serlo (algunas más sanas que otras, claro está), sino porque en un manual no se podrían escribir las enseñanzas necesarias. Ese proceso o recorrido del que hoy les hablo, justamente, se recorre, se procesa, se transcurre, se vive. Es algo viviente, es algo cambiante, es algo dinámico. Y es extremadamente complejo, es decir, tiene muchas variables y modificadores que cambian radicalmente de un caso a otro.

Hay una frase bastante conocida que me viene muy bien para el desenlace que quiero dar. Si no me equivoco es de Sartre y acomodándola un poco a mi gusto queda así: “uno es lo que logra hacer con lo que hicieron de lo que uno es”. Queda claro que uno no puede hacer todo lo que se propone, mucho menos en estos aspectos, donde está limitado a cambiar justamente dentro de los límites que aprendió, del contacto que tuvo. Por más ganas que uno tenga, por más empeño que uno le ponga, por más esfuerzo que uno haga, el cambio no sucede de esta forma. Con ésto, no digo que nadie pueda cambiar. Digo que para que ese alguien pueda cambiar, tiene que tener las herramientas necesarias para poder hacerlo. Y la mayoría de las veces, no tenemos la variedad completa de herramientas para lograr el cambio que queremos. Además, debemos tener en cuenta que no siempre lo que buscamos hacer es lo que necesitamos para lograr aquello que tanto queremos. ¿Se entiende?. Vuelvo hacia atrás: no se puede lograr lo que uno quiere ser con sólo conocer eso que quiere. Y un nivel más arriba: no se puede ser lo que uno desconoce.

Hasta aquí llego mi escrito por hoy. A partir de esa frase disparadora, logré hacia el final, darle más forma a lo que necesitaba decir. Espero les haya gustado, y sobre todo, les haya aportado algo que los incite a buscar más.
Hasta la próxima!