Mostrando las entradas con la etiqueta Vida. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Vida. Mostrar todas las entradas

27/3/16

Dejé que la vida viniera completa

Este fin de semana dije sí a muchas cosas que en otro momento hubiera dicho no. Dejé que la vida viniera completa y me viviera con su propuesta. Me abrí a nuevas oportunidades, nuevas posibilidades. Me dejé sorprender y lo bueno es que me sorprendí de lo que sucedió. No fue un sí de resignación, fue un sí de aceptación. Fue un sí de soltar mi patrón de rechazo, de negación, de control, de matón, de perro de arriba que dirige, que expulsa y deja afuera muchas cosas ricas, bellas, sabrosas, nutritivas. Me salí de mi zona de confort, y lo hice conscientemente, eligiendo. Y al mismo tiempo lo hice casi sin darme cuenta de lo que estaba haciendo.
Me animé. Y me animé en doble sentido: me lancé a hacer cosas nuevas, diferentes; y me animé dándome movimiento, vida. Fueron decisiones pequeñas... detalles, y con suficiente fuerza como para mostrarme lo rica que puede ser jugar la vida desde este otro lugar.
También me vi diciendo no encaprichado, sin lógica ni fundamento. Con miedo. Desde el poder, desde el virginiano que soy, desde la obsesión.
Ambas formas son mías, tengo ambos recursos disponibles.
Ahora lo sé, lo viví.

6/9/13

¿Dónde te dejé?

Hay un puente como un arcoiris,
desde el pequeño hasta el gigante,
tocando unos botones viajé
hasta el otro lado.

Dentro de mis tripas
las cosas cambiaron.
Ahora soy el que reclama,
el que necesita olerte.

Y me cuesta recordar cómo era tu piel,
y me cuesta recordar cómo es tu nariz,
y no puedo encontrar tus ojos.

Allá voy, entero hacia el abismo, o tal vez,
a s a l v a r e l a b i s m o.

6/12/10

Filósofos… uf, que complejos!


El filósofo es idealista por naturaleza. Esto sucede en muchos sentidos. Pensemos en su mirada del mundo y en sus deseos: desea conocer el mundo entero, abarcar todo cuánto exista, “entenderlo” y explicárselo a él mismo y luego a los demás [que, por otra parte, nada le han pedido]; su mirada del mundo, no menos idealista, no permite que algo sea “imperfecto”, o que algo pueda no realizarse, o que no hayan soluciones para los innumerables “problemas” que él “ve” en todas partes.
Si combinamos, solamente, estos dos aspectos del filósofo, resultan en lo que podemos observar al ver a un filósofo: un ser complejo y ávido de conocimientos teóricos, agudo y afilado en su percepción, dispuesto a pasar largos períodos pensando y pensando, reflexionando; al mismo tiempo que parece ser una persona castigada, agobiada, frustrada, angustiada profundamente, sin encontrar salida a esa forma de vida (aunque muchas veces, sin querer encontrarla).
Curiosamente escriben, o parlan, con la sublime intención de “solucionar” altruistamente los “problemas” a la humanidad [¡vaya tarea quijotesca!]; los problemas que ellos ven. Intentan solucionarle el mundo a los demás, creyendo que los demás ven (viven en) el mismo mundo problemático que le ofrece su mirada personal y subjetiva del mundo. Mirada de ojo crítico, mirada “objetiva” [según ellos].
Tienen la capacidad de imaginarse un mundo ideal, tan ideal como su capacidad les permite [y por lo general son muy capaces]. Logran darle a “la vida” un matiz especial en el que todo “debería” ser diferente, en el que “tendrían” que cambiar muchas cosas para que todo funcionara “mejor” [lo que no aclaran es que esta palabra es relacional: “mejor que esto otro que yo veo”]. Cualquiera que emprenda el astuto ejercicio de comparar el mundo que ve todos los días con un mundo ideal inventado, rápidamente podrá notar cómo comienza a sentirse incómodo, con el estómago revuelto, con picazones en el cuerpo, carrasposidad en la garganta, o incluso, sentirse triste y deprimido. Claro que las cosas no pueden seguir como están [así de mal]!. Por eso es mejor pensar y pensar en ese mundo ideal, y compararlo con el de todos los días. Díganme si no estoy en lo cierto?. De esa forma lograremos vivir cómodamente angustiados, pero eso sí, pensando en un mundo mejor!!
El filósofo supera cualquier ejercicio de novato y se convierte en un verdadero profesional del pensamiento intelectual idealista. Él podrá, sin embargo, intentar dar solución a su problema intelectual: aplicando más pensamientos idealistas. De esta forma mantendrá su mente ocupada.
En los escasos, pero inevitables, tiempos libres que existen entre estos ejercicios del filósofo, no podrá esconderse a la realidad. Y no podrá tampoco escaparse a sentir lo que le provoca esta brecha que ha construido a partir de su mirada idealista del mundo. Mira hacia un lado y sólo ve pestes y miseria, mira hacia el otro y ve, embelesado, la pureza extrema del pensamiento. Algo comienza a notar en él mismo: es la angustia que se asoma, y nota que de pronto está en medio de todo eso. No importa dónde esté ni a donde mire, porque siempre estará en el medio. Ya que siempre verá estos dos extremos, aunque muy a menudo, viva a diario en el de la miseria. Al instante pone en marcha su “solución” a estos momentos: pensar más, darle una vuelta más de idealismo a todo, incluso a su situación actual, imaginando bellas formas de salirse de esa situación tan incómoda en la que se encuentra. Logra así, pensando e imaginando, salirse de su situación, pero metiéndose un nivel más profundo en el sinfondo mundo de los filósofos. Si bien no puedo negar que logra una cierta satisfacción en este lugar [alejado del presente], no puede evitar de ninguna forma volver a sentirse angustiado por su realidad “sabiendo” que podría vivir en la eterna pureza del intelecto. En estas “luchas” por sentirse mejor, siempre intenta dar la misma solución, el ya conocido “más de lo mismo”, que para él es… pensar más y más, reflexionar más y más, meterse más y más en ese mundo pensado y jamás vivido. De esta forma, se encuentra en una situación sin salida, lo que comúnmente suele llamarse círculo vicioso. Cuanto más se angustia, entonces “más solución” quiere dar, entonces más piensa y reflexiona, entonces menos vive la realidad, y entonces más lejos está de ella, y más se angustia. Lo que ocurre en él es una hermosa disociación entre su mente y su cuerpo (pensamiento del mundo ideal vs. vida real). Esta persona que tiene ideas descabelladamente complejas, ideas que intentan explicar el vasto mundo real, tan sólo con palabras, se condena así (de este modo) y a sí mismo, a vivir una vida desdichada. Cuanto más se aleje de la realidad que tanto desprecia, más cerca cree estar de una vida plena, perfecta, ideal. Pero tan sólo logra alejar una pequeña parte de sí mismo: su pensamiento. Su cuerpo y su vida transcurren en el mismísimo mundo que mira con ojos de rechazo e indignación.
Los filósofos reflexionan y explican. Los pragmáticos eligen y actúan. Ambos sufren, pero aquellos lo hacen en dos niveles al mismo tiempo: el de su creación del mundo paralelo y el del mundo corriente. Mientras que estos últimos sienten el dolor natural que implica elegir, decidir y actuar. Los primeros son complejos y sofisticados, los segundos simples y concretos.
Capacitados para entender los más intrincados procesos de la vida, los filósofos, quedan perplejos ante la simpleza o la forma expeditiva de los que, simplemente, se dedican a vivir.

14/4/10

Aprendiendo


Siempre se nos pide que no nos equivoquemos, o que lo hagamos lo menos posible. Desde nuestra familia de origen hasta la misma sociedad, que pide personas cada vez más capacitadas, con menor edad, con mayor experiencia y habilidad para llevar adelante un proyecto: es decir un experto que ya no se equivoca.
Se nos exige saber vivir, cuando en verdad, es algo que se aprende toda la vida, desde que se nace hasta que se muere. Se exige saber sin haber aprendido, sin habernos dado el espacio y el tiempo para adquirir comprensión.
Es justamente el desafío, la nueva experiencia, lo desconocido, lo no vivido, lo no sabido y lo no aprendido lo que le da esa magia y ese suspenso a la vida, le da emoción y dinamismo, le da chispa. Cuando nos encontramos sin respuesta, sentimos que estamos vivos, tal vez algo desesperados o angustiados, pero vivos, seguro!. Es eso mismo lo que nos motiva, incita y hasta obliga a crecer, a madurar, a cambiar, a abrirnos al nuevo aprendizaje, a la vida!. Cada vez que ocurre, nos enfrentamos con una realidad inevitable: no sabemos todo y sobre lo que hoy sabemos, mañana cambiará, por lo tanto tendremos que cambiar nosotros también y aprender constantemente.
Sin desafíos, sin desconocimiento e incertezas estaríamos quietos, seguros, estables, apagados. Eso nos llevaría sin escalas a un profundo desgano, y sin duda, pereceríamos sin gracia.
Tenemos que vivir esas experiencias faltas de seguridad y certeza para aprehender al conocimiento.
Lo que siempre se exige, obligaría una inversión del proceso natural: primero saber para luego enfrentar la situación donde usaríamos ese conocimiento, esa experticia. Algunos más despabilados, otros menos, todos estamos al día con esta verdad: constantemente, en toda vida, surge una necesidad a partir de una carencia. Es decir, las situaciones emergentes que ocurren en la vida presentan ante nuestros ojos la realidad en la que carecemos de las herramientas, los conocimientos y las aptitudes para sobrellevar esa nueva situación. Esa ausencia, carencia o falta de, es la que nos genera la necesidad.
Entonces se pone en marcha el proceso de adaptación: el organismo vivo comienza a desarrollarse, tomando información del medio con el cual interactúa y adquiere un conocimiento nuevo, que utilizará en esa situación y en futuras situaciones desafiantes, amenazantes y punzantes.
De este modo se restablece nuevamente la situación de seguridad temporal, que será, en el devenir, aplazada por otra de desconcierto.
Hoy presenciamos una sociedad en la que se intenta controlar todo a favor del hombre, también los procesos naturales: fertilizantes, vitaminas y aditivos a las plantas; conservantes a los alimentos; cirugías plásticas para aparentar menor edad; anabólicos para acelerar el desarrollo muscular; etc. Yo creo que es necesario respetar los tiempos vitales; cada proceso, entre ellas la vida misma, tiene tiempos intrínsecos, inherentes a cada etapa, que juntas cierran el ciclo. Por más hambre que uno tenga, los fideos no se cocinan más rápido. Entonces inventamos el microondas y el delivery. Lo que ocurre es que si se intenta dar mayor celeridad a una etapa, es muy posible que no se supere completamente, se precipite y quede trunca, ejerciendo, en adelante, fuertes movimientos condicionantes y limitantes desde nuestro interior.
Al mismo tiempo, esto contrasta con el aparente aletargamiento actual de los procesos normales o esperables, como lo es hoy la eterna adolescencia. ¿Será que la presión ejercida para adelantarse es la misma presión que el proceso ejerce en forma contraria para detener esa aceleración coercitiva?. Me recuerda a la 3ra ley de Newton en física, de acción y reacción: por cada fuerza que actúa sobre un cuerpo, éste realiza una fuerza de igual intensidad y dirección, pero de sentido contrario sobre el cuerpo que la produjo. Me pregunto si las leyes de la física pueden ser aplicadas también a los procesos vitales, o a la vida social.
Hoy, el niño que adquiere aptitudes intelectuales antes de lo esperado, es elogiado en exceso, y así aprende a vivir frenéticamente, intentando superarse en forma constante para mantener los elogios. Pero, más tarde, las mismas personas que lo impulsaban a vivir de esta manera, se extrañan cuando el niño no logra encajar entre sus compañeros de clase, o cuando es desplazado, o cuando no puede resolver situaciones normales en su vida cotidiana, habiendo confundido amor con elogios.
Se irrespeta a la vida (y a quienes la viven), se le quita el valor y la sabiduría que ella trae en sí misma, y esto ocurre al intentar controlarla, al desconectarse de los procesos básicos y sus tiempos. No se la escucha. Se cierran los canales de entrada y sólo se persiguen objetivos utópicos e infantiles.

A los niños (y a los no tan niños también) no los dejan moverse, golpearse, ni equivocarse. Les construyen límites, excesiva cantidad de límites, pero no les dan motivos. Paradójicamente, los obligan a ser perfectos. No tienen que sufrir, no tienen que lastimarse, no tienen que probar, no tienen que intentar. Siempre se les debe proveer seguridad y situaciones en las que sólo pueden acertar, ganar o triunfar. No se los invita a la experiencia, al contacto, a seguir sus instintos, sus intuiciones, su voz interior. Debe confiar ciegamente en lo que los demás le digan, sin importar por qué, y por sobre lo que él considere, piense o crea. No importa su opinión. De este modo terminamos como empezamos: los cavernícolas no sabían qué ocurría, simplemente adoraban al dios del fuego, al dios de la lluvia. La evolución se vuelve retrógrada.

Hubo un experimento muy famoso realizado con nuestros hermanos más cercanos: los simios. Lo que hicieron fue: encerrar en una jaula a un grupo de 5 con una escalera ubicada en el centro del recinto, y arriba de ella, un racimo de bananas colgadas del techo. Los monos, al ser ingresados, comenzaron a explorar el lugar. Rápidamente encontraron ese manjar, y se lanzaron escalera arriba para alcanzarlas. Lo que no se imaginaban era que todo el conjunto (los que subieron y los que no) iban a ser rociados con un potente chorro de agua. Luego de varios intentos con el mismo “castigo”, quedaron condicionados, y ya no intentaron subir. Si alguno de ellos, en un acto de arrojo, intentaba subir, era detenido, ya no por el agua, sino por los otros monos, que conocían las consecuencias. Una vez lograda esta estabilidad, los que controlaban el experimento, hicieron un cambio: un mono de la jaula por otro que no había estado en esa jaula antes, ni vivido esa experiencia. Al poco tiempo de ingresar, hizo el intento de buscar las bananas, a lo que recibió una paliza por los otros 4 integrantes del grupo inicial. Esto sucedió algunas veces hasta que fue condicionado igual que los otros, con la diferencia que este nuevo simio nunca recibió agua, sólo una fuerte oposición por el grupo de sus semejantes. Él no conoció las consecuencias reales. De esta forma y de a uno, se fueron cambiando todos los monos del grupo inicial, y también de a uno fueron condicionados por los otros monos. Así se llegó a cambiar a todos los monos de la jaula, quedando sólo monos nuevos, es decir que nunca habían recibido el “castigo” del agua por intentar coger las bananas. La estabilidad lograda, en monos que no “sabían” el motivo original por el cual no debían subir a la escalera, nos muestra cómo fue establecido un comportamiento limitante sin una razón externa válida. Fue el comportamiento interno del grupo lo que les estableció el límite, lo que les hizo renunciar a su impulso.
Nosotros, creo yo, no estamos muy lejos de limitarnos sin razones, al igual que estos monos. Lo podemos ver y comprobar. Podemos verlo y comprobarlo al no dejar que el nuevo integrante, el infante, tenga su propia experiencia, se equivoque él mismo, se lastime y hasta sufra como consecuencia de sus propios actos. La cultura yanqui, donde todo está colmado de protección y sobreprotección para que a nadie le pase nada, es bastante representativa, y probablemente la influencia más grande recibida en otros países. Existe una protección extrema, tal vez ridícula, que es claramente disfuncional e ineficaz. No funciona. Cuando tienen que enfrentar una vida real, fuera de ese sistema, se mueren debido a su ingenuidad, igual que la de un niño. Y ocurre porque crearon un mundo ficticio en el que nada malo puede pasar, nada malo debe suceder. Un caso anecdótico es, quizá, Disneylandia. En este mundo de Disney, todo debe ser perfecto, al punto de que ningún niño puede llorar. Y para evitar ésto tienen un ejército de personas atentas a los niños, y en cuanto ocurre algo, aparece en forma instantánea una personita con un hermoso helado, que detiene el llanto del niño. O tal vez el caso de los turistas que visitaron un zoológico en el que los animales estaban sueltos, y la gente paseaba en sus autos; esa era su seguridad. Pero uno de estos turistas, ingenuo, al ver una manada de leones muy relajados, se bajó de su auto para fotografiarlos desde un lugar más cercano. Aunque cualquiera de nosotros podemos predecirlo, él no, y en pocos segundos se convirtió en comida de leones. Muchas veces, los límites son impuestos sin razones, el niño no entiende, llega a ser adulto sin saber realmente, sin haber aprendido, experienciado. Porque el límite no fue desde su experiencia, desde su vida, desde vivir personalmente las consecuencias directas de su accionar. Fue una censura coercitiva, vivida como irritante y frustrante, completamente incomprensible.
¿Se le puede exigir a un mono que acaba de ingresar a la jaula que sepa que no tiene que subir la escalera? ¿Se le puede exigir al que ingresa al mundo que no se equivoque? ¿Es conveniente protegerlo poniendo límites, restringiendo su experiencia, recortando su realidad? Yo creo que no. Ustedes que piensan? ... ustedes qué hacen con sus hijos, hermanos, primos, amigos?


Creo que tenemos que aprender a vivir y a dejar vivir a los demás, a pesar de lo que sintamos con la experiencia del otro. Y para todo esto, creo que la Vida es una fuente de sabiduría más que confiable.