Hoy leí una frase en FB de Ale que me disparó las ganas de responder y después de escribir sobre el tema.
La frase se trataba sobre la coherencia. La frase es de Aldous Huxley. Escribía novelas y ensayos (creo).
Decía lo fácil que es saber y lo difícil que es ponerlo en práctica. Eso mismo hablamos muchas veces con Tati: la importancia / la dificultad de ser coherente en pensamiento, palabra y obra. Es un tema muy gastado ya, pero siempre está ahí dando vueltas, en nuevas frases, en nuevas personas, en nuevas formas, pero sigue siendo lo mismo de siempre.
Yo le “respondía a Ale” que la coherencia nos “habilita” hacia la credibilidad, la confianza, la sinceridad y la tranquilidad. Y la in-coherencia nos da flexibilidad para vivir, porque no somos capaces de (o no queremos) pertenecer al primer grupo. Así vivimos la mayoría, en el medio de un extremo y el otro.
Es difícil lograr lo primero, pero también es difícil lograr lo segundo; aunque lo primero sea más deseado que lo segundo por la gran mayoría de nosotros.
Lo primero nos da tranquilidad, porque llegado a este punto, no es necesario ya pensar en hacer lo correcto, en hacer lo que debemos, en hacer lo que tenemos que hacer. Pierde sentido pensar antes de hablar, porque natural y espontáneamente logramos expresar lo que somos dentro, es decir, lo que realmente somos. No hay lugar para la actuación fingida, para la auto-recriminación, para la auto-dictaminación, porque en esta situación sucede todo en sentido inverso: desde dentro hacia fuera. Las cosas fluyen, las palabras fluyen, los movimientos de nuestro cuerpo fluyen y la vida misma fluye sin necesidad de exigirnos nada. No hay espacio para la crítica, aunque sí para el respeto y los límites necesarios; pero siempre desde un lugar de paz y armonía con uno mismo, y ello se traslada hacia afuera sin necesidad de pensarlo.
Lo segundo, o al menos la gran franja que existe entre los dos extremos, nos da la flexibilidad necesaria para adaptarnos. Adaptarnos a muchas cosas: a lo que hay afuera y a lo que hay adentro. Es como que en este punto somos dos partes disociadas que necesitan un mediador, y ese mediador somos nosotros mismos, nuestro “yo consciente”. Él es quien dice qué hacer en cada momento de acuerdo a lo que hay dentro y lo que hay fuera. Necesita tomar las riendas y dominar al de adentro de acuerdo a lo que pase fuera; ya sea para protegernos, para cuidarnos o para obtener lo que necesitamos. Este “yo” es el que tiene que dominar, controlar, exigir, demandar y, llegado al límite más bajo, extorsionar al que llevamos dentro para poder adecuarse a los estímulos externos (y aquí es donde perdemos el respeto por nosotros mismos). Pero para ser más preciso, diría que son estímulos que creemos ver afuera. Esto mismo es lo que crea nuestra realidad externa, y es a esa realidad construida por nosotros mismos a la que responde nuestro “yo” (es decir, nosotros).
Relacionado con ésto, leí también un artículo (casualidad o no, pero compartido también por Ale) en el que decía que tenemos que protegernos de nuestro yo interior, porque es él el que más nos critica, el que nos castiga, el que más nos limita, el que nos incita a hacer las peores cosas con nosotros mismos, y que por eso habría peligro en nuestro interior. Es una hipótesis que no comparto. Sobre todo con lo que continuaba: lo injustificado del miedo, que siempre hace de las suyas y por sobre toda decisión propia consciente. Es cierto que el miedo es más “poderoso” que nuestras decisiones, y lo relaciono con el comienzo: uno sabe qué es lo mejor, pero no hace lo que mejor nos haría. Creo yo que el miedo existe y tiene sus razones de existir. No sólo es útil el miedo en sí, sino que cada miedo tiene sus raíces dentro nuestro, y muy probablemente asociado a muchas experiencias. No hay que temerle al miedo, hay que saber interpretarlo. No debemos cuidarnos de nuestro interior, sino más bien procesarlo y trabajarlo. Luego no habrá necesidad de cuidarse de nada, porque lo que habrá dentro nuestro va a ser el producto de un proceso madurativo, en el cual habremos trabajado sobre nuestro miedos, sobre nuestra culpa, sobre nuestros remordimientos, nuestra falta de auto valoración, y todas aquellas “falencias” que encontramos al buscar en forma crítica dentro nuestro. Yo estoy en la vereda de los que tienen una mirada más comprensiva del ser humano, y no tan crítica. Creo que hay motivos dentro nuestro, en nuestra historia, en nuestras experiencias, en nuestras creencias para todo aquello que manifestamos y somos. No podemos dejar de ser lo que somos simplemente con proponérnoslo. No podemos “decidir” ser otros a partir de ahora, como quien decide cruzar la calle. Para dejar de temer, para valorarnos, para vivir más relajados, tranquilos y seguros debemos recorrer un camino, debemos procesar muchas cuestiones.
Si queremos el camino fácil y hacemos vista gorda a todo lo que hay dentro nuestro, muy probablemente tengamos después que salir corriendo y llamar a la “persona-más-cercana-de-tipo-911” que nos socorra. O a nuestra “mami” y nuestro “papi” a que nos cuiden, nos protejan, nos provean de alimento y abrigo, nos entiendan y nos escuchen. Lo más probable es que si necesitamos de eso siendo adultos (hablando en un sentido cronológico, y no madurativo) es porque justamente no lo hemos recibido de niños (idem). Seguramente ahora no podrán darnos aquello que no supieron darnos antes, y muy probablemente, aunque hagan el intento, no podrán sanar aquel niño con necesidades insatisfechas.
Tendremos dos opciones: o jugamos a que ya estamos mejor y nos decimos (mentimos) que no volverá a pasar, o bien seguimos el largo camino que nos llevara a casa, a nuestra casa, a nosotros mismos. En el primer caso, como suele ocurrir con mucha frecuencia, la situación será insosteniblemente desesperada, pero no seria (así decía Paul Watzlawick y estoy totalmente de acuerdo con él). En el segundo caso, navegaremos con rumbo fijo, pero por trayectos sinuosos y dolorosos. El primero nos llevará directo al encarcelamiento, el segundo a la libertad. En el primer caso tendremos que apagar incendios, domeñar al monstruo interno y luchar contra el enemigo externo. En el segundo caso podremos vivir espontáneamente cada momento, disfrutar, estar tranquilos y en paz. Simplemente vivir, nada más ni nada menos.
Los que lo deseen pueden seguir hablando de controlar, del deber, del “tener que” y de todas esos malabares (y viviendo en esta forma lamentable); tendrán dos vidas y dos caras (o caretas).
Los que hayan llegado hasta su propio límite, ya estarán preparados para comenzar el regreso a uno mismo!.
5/2/11
Coherencia
6/12/10
Filósofos… uf, que complejos!
El filósofo es idealista por naturaleza. Esto sucede en muchos sentidos. Pensemos en su mirada del mundo y en sus deseos: desea conocer el mundo entero, abarcar todo cuánto exista, “entenderlo” y explicárselo a él mismo y luego a los demás [que, por otra parte, nada le han pedido]; su mirada del mundo, no menos idealista, no permite que algo sea “imperfecto”, o que algo pueda no realizarse, o que no hayan soluciones para los innumerables “problemas” que él “ve” en todas partes.
Si combinamos, solamente, estos dos aspectos del filósofo, resultan en lo que podemos observar al ver a un filósofo: un ser complejo y ávido de conocimientos teóricos, agudo y afilado en su percepción, dispuesto a pasar largos períodos pensando y pensando, reflexionando; al mismo tiempo que parece ser una persona castigada, agobiada, frustrada, angustiada profundamente, sin encontrar salida a esa forma de vida (aunque muchas veces, sin querer encontrarla).
Curiosamente escriben, o parlan, con la sublime intención de “solucionar” altruistamente los “problemas” a la humanidad [¡vaya tarea quijotesca!]; los problemas que ellos ven. Intentan solucionarle el mundo a los demás, creyendo que los demás ven (viven en) el mismo mundo problemático que le ofrece su mirada personal y subjetiva del mundo. Mirada de ojo crítico, mirada “objetiva” [según ellos].
Tienen la capacidad de imaginarse un mundo ideal, tan ideal como su capacidad les permite [y por lo general son muy capaces]. Logran darle a “la vida” un matiz especial en el que todo “debería” ser diferente, en el que “tendrían” que cambiar muchas cosas para que todo funcionara “mejor” [lo que no aclaran es que esta palabra es relacional: “mejor que esto otro que yo veo”]. Cualquiera que emprenda el astuto ejercicio de comparar el mundo que ve todos los días con un mundo ideal inventado, rápidamente podrá notar cómo comienza a sentirse incómodo, con el estómago revuelto, con picazones en el cuerpo, carrasposidad en la garganta, o incluso, sentirse triste y deprimido. Claro que las cosas no pueden seguir como están [así de mal]!. Por eso es mejor pensar y pensar en ese mundo ideal, y compararlo con el de todos los días. Díganme si no estoy en lo cierto?. De esa forma lograremos vivir cómodamente angustiados, pero eso sí, pensando en un mundo mejor!!
El filósofo supera cualquier ejercicio de novato y se convierte en un verdadero profesional del pensamiento intelectual idealista. Él podrá, sin embargo, intentar dar solución a su problema intelectual: aplicando más pensamientos idealistas. De esta forma mantendrá su mente ocupada.
En los escasos, pero inevitables, tiempos libres que existen entre estos ejercicios del filósofo, no podrá esconderse a la realidad. Y no podrá tampoco escaparse a sentir lo que le provoca esta brecha que ha construido a partir de su mirada idealista del mundo. Mira hacia un lado y sólo ve pestes y miseria, mira hacia el otro y ve, embelesado, la pureza extrema del pensamiento. Algo comienza a notar en él mismo: es la angustia que se asoma, y nota que de pronto está en medio de todo eso. No importa dónde esté ni a donde mire, porque siempre estará en el medio. Ya que siempre verá estos dos extremos, aunque muy a menudo, viva a diario en el de la miseria. Al instante pone en marcha su “solución” a estos momentos: pensar más, darle una vuelta más de idealismo a todo, incluso a su situación actual, imaginando bellas formas de salirse de esa situación tan incómoda en la que se encuentra. Logra así, pensando e imaginando, salirse de su situación, pero metiéndose un nivel más profundo en el sinfondo mundo de los filósofos. Si bien no puedo negar que logra una cierta satisfacción en este lugar [alejado del presente], no puede evitar de ninguna forma volver a sentirse angustiado por su realidad “sabiendo” que podría vivir en la eterna pureza del intelecto. En estas “luchas” por sentirse mejor, siempre intenta dar la misma solución, el ya conocido “más de lo mismo”, que para él es… pensar más y más, reflexionar más y más, meterse más y más en ese mundo pensado y jamás vivido. De esta forma, se encuentra en una situación sin salida, lo que comúnmente suele llamarse círculo vicioso. Cuanto más se angustia, entonces “más solución” quiere dar, entonces más piensa y reflexiona, entonces menos vive la realidad, y entonces más lejos está de ella, y más se angustia. Lo que ocurre en él es una hermosa disociación entre su mente y su cuerpo (pensamiento del mundo ideal vs. vida real). Esta persona que tiene ideas descabelladamente complejas, ideas que intentan explicar el vasto mundo real, tan sólo con palabras, se condena así (de este modo) y a sí mismo, a vivir una vida desdichada. Cuanto más se aleje de la realidad que tanto desprecia, más cerca cree estar de una vida plena, perfecta, ideal. Pero tan sólo logra alejar una pequeña parte de sí mismo: su pensamiento. Su cuerpo y su vida transcurren en el mismísimo mundo que mira con ojos de rechazo e indignación.
Los filósofos reflexionan y explican. Los pragmáticos eligen y actúan. Ambos sufren, pero aquellos lo hacen en dos niveles al mismo tiempo: el de su creación del mundo paralelo y el del mundo corriente. Mientras que estos últimos sienten el dolor natural que implica elegir, decidir y actuar. Los primeros son complejos y sofisticados, los segundos simples y concretos.
Capacitados para entender los más intrincados procesos de la vida, los filósofos, quedan perplejos ante la simpleza o la forma expeditiva de los que, simplemente, se dedican a vivir.